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martes, 29 de diciembre de 2009

Los primeros destellos en la vida de un Bright. Una historia personal -Juan carlos Alonso-


"Pero si me dieran a elegir entre todas las vidas yo escojo la del pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo con cara de malo, el viejo trhán capitán de un barco que tuviera por bandera un par de tibias y una calavera"

-Joaquín Sabina-


Como un dios en edad de jugar


Ya casi con un piecito en un nuevo año que comienza y, como es común para esta época, algo distendido, voy a dedicar mi último post del año a retomar el tema de los primeros signos que en mi infancia empezaban a marcar un camino que me condujo a lo que hoy resulté ser en lo que respecta a la cuestión cultural. En publicaciones anteriores (parte I y parte II) del mismo título abordé el aspecto religioso, ahora es turno de la fantasía y la imaginación…que no sólo de no creer en dios se hace un bright. Como bien dice Carl Sagan: Necesitamos escepticismo e imaginación, la imaginación nos llevará a menudo a mundos que no existieron nunca, pero sin ella no podemos llegar a ninguna parte, el escepticismo nos permite distinguir la fantasía de la realidad.
Lo primero que hoy en retrospectiva puede llegar a llamarme la atención de mis primeros años fue una época en que, contando con siete u ocho y sin saber bien por qué, la imaginación cobró protagonismo en mi hora lúdica (podría decir cariñosamente que me agarró un ataque de “bo-ludismo” ). La cuestión es que repentinamente dejé de jugar con mis juguetes, (que no eran pocos ni carecían de sofisticación) y hacía lo siguiente: llenaba el suelo de mi habitación con las sábanas, colchas y almohadas simulando montañas o ríos, luego agarraba cualquier tipo de elementos que no fueran juguetes y según su morfología les adjudicaba una determinada función, por ejemplo un encendedor era un dragón, una tijera era un cocodrilo, una bandeja el barco y así con cada elemento que encontraba. Es como que sentía cierto placer y preferencia por imaginar no sólo las situaciones, como es habitual en los juegos, sino también las escenografías y los personajes. Recuerdo que esta práctica la repetí sistemáticamente durante varios meses hasta que los juegos cambiaron.
Recuerdo, como si fuera ayer -cómo olvidarlo- que hasta en mi primera incursión en el sexo opuesto (debo aclarar que me refiero a incursión sólo en carácter de reconocimiento visual) tuve que recurrir a la imaginación. Bajo ningún concepto podía recurrir al trillado truco de proponerle a la niña en cuestión jugar al doctor, mi intuición masculina me decía que si lo hacía, ella iba a saber mis oscuras pero tan claras intenciones y huiría despavorida, así es que en el medio del patio me inventé el juego del circo, éste consistía en que cada uno por turnos iba mostrando sus habilidades hasta que luego de varias demostraciones payasescas ambos terminábamos mostrando nuestras respectivas debilidades. Resultado óptimo. Misterio develado.
Unos años más tarde se presentó otra situación que seguramente de alguna manera se puede advertir cierta reflexión en el presente. Se aproximaba el carnaval y era la primera vez que me iba a disfrazar. Esto, por más que lo parezca, no es un tema menor ya que a esa edad elegir un disfraz dice
mucho sobre la fantasía de lo que uno quiere ser. Bueno ahí estoy en la foto, no hay mucho que agregar. El trajecito tiene un toque demasiado maternal como para pertenecer a un auténtico pirata y de la cara o la actitud, mejor ni hablar…Lo cierto es que hoy, aunque conservo ambos ojos y todas las extremidades, puedo decir que me gusta el ron, no tengo un amor en cada puerto pero si alguna historia en muchos de ellos y, sobre todo, navego a bordo de este Replicador de Sueños que como bien lo especifica en su mensaje de bienvenida, se trata de un barco medio escuela y medio pirata, quien lo conozca ya sabe muy bien por qué.
Ahora me gustaría repasar algunos de los programas de TV que también en cierta medida a través del entretenimiento influyeron en algún modo, bueno aparte del éxtasis visual que representó para mí la primera vez que vi la película Fantasía de Walt Disney en el cine. Solía ver en la pantalla chica programas tales como La Pantera rosa y el inspector con su despreocupado andar y su cinismo clásico, Los tres chiflados para poner un poco de acción a fuerza de cachetadas, El show de Pepe Biondi que tenía un estilo similar pero a nivel nacional, el humor genial del chavo del ocho, etc. Todos estos programas, aún hoy vigentes, cada vez que tengo tiempo y los están pasando confieso que me detengo a mirarlos un rato y me divierten prácticamente de la misma manera que en aquellos años.
Hubo una serie de dibujos que también me provocó curiosidad que más adelante me llevaría a mejores puertos, la cual, a manera de rescate emotivo y de sorpresa les dejo el video de la presentación al final del post para ver quién lo recuerda.

También miré fascinado una serie completa de dibujos japoneses que se llamaba El capitán Raimar o Harlock que, oh casualidad, era la historia de un pirata del espacio que deambulaba por el universo con su nave espacial Arcadia. Esta serie resultó ser el nexo con la lectura que me llevó a comprar uno a uno los fascículos de una enciclopedia muy buena que se llamaba Fantaciencia dedicada a la ciencia ficción, hasta ese momento mi lectura anterior pasaba por los libros del colegio y una colección de cuentos rusos para niños que aún no se exactamente de donde habían salido. Esto inevitablemente me indujo a tomarme la ciencia ficción más en serio y puntualmente a pedir mi primer libro de Asimov que se llamaba Fundación, luego Segunda fundación, Fundación e imperio y más adelante las Crónicas marcianas de Bradbury. Fue la suma cronológica de todo esto lo que potenció mi imaginación de una manera vertiginosa. Tenía unos once años, era más o menos para la misma época en que yo, como conté anteriormente, empecé a descreer de la religión que me habían enseñado, fue en esos días en que una noche me subí a la terraza y empecé a mirar el cielo. Hasta este punto la fantasía era una realidad lógica de mi infancia, pero luego todo iba a cambiar, seguramente el año próximo completaré esta historia con el fin de mi niñez. A propósito les deseo de todo cortex que ojalá el año que entra les resulte de lo mejor.
Les dejo el video anunciado y no se emocionen que son Los Parchís, bueno aunque sea la música es de Ludwig Van Beethoven… Nunca entendí muy bien a qué señor se refería exactamente ni a qué dragón…en fin, disculpen la calidad, es lo único que había.

Saludos

Juan Carlos





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martes, 6 de octubre de 2009

Los Primeros Destellos de un Bright. Una Historia Personal. Parte II -Juan Carlos Alonso-

"Suele la vida tener altas y bajas, y uno los acomoda según su comunión, si pude haberte dicho tanta cosa falsa será porque tu ambiguo corazón lo permitió."

-Amaury Pérez-


Una experiencia religiograciosa


Continúo con el relato que narra los primeros contactos que tuve con la cuestión religiosa durante mi infancia, los mismos que más tarde, analizados en retrospectiva, veo como claros signos que anunciarían lo que iba a derivar en, primero, mi descreencia en la iglesia y posteriormente mi descreencia de dios.
Me gustaría aclarar que no hice mención en el post anterior de mi primera experiencia religiosa, la cual fue través del bautismo, por razones mucho más que obvias (tenía mollera en lugar de cráneo). Lo único que puedo decir con relación al tema es que unos años más tarde tenía la extravagante idea que si tomabas un trago de agua bendita te morías. No sé, imaginaba que estaba sometida a un proceso especial, que beberla resultaba prohibitivo, era todo tan sagrado, infundía tanto respeto, por no decir miedo, que tenía sin fundamentación alguna, esa impresión. Cuando averigüé que el proceso al cual estaba sometida el agua para convertirse en bendita era un simple movimiento de moléculas de aire empujadas por las palabras de un tipo con “autoridad” para hacerlo, reconozco que me causó gracia haber sido tan ingenuo.
Bueno, aclarado esto, hacia los bebestibles está dirigida la segunda instancia de mi cuento religioso.
Mi mamá es de creencia católica y siempre tuvo la devota costumbre de, entre otras fechas eclesiásticas, concurrir a determinada iglesia para la pascua. Una noche de sábado de resurrección, contando yo con unos siete u ocho años de vida, me preguntó si quería acompañarla a la misa y yo sin dudarlo demasiado accedí. Como habíamos llegado algo temprano, para hacer tiempo me llevó a Sofía, que era una pizzería que quedaba a la vuelta de la iglesia. Este lugar tenía la particularidad de contar con una carta donde ofrecían una gran variedad de cocktails. Entre esa variedad, había muchos sin alcohol para los chicos. Todos muy coloridos y con nombres atractivos para uno. Mi preferido se llamaba Topo Giggio (nombre de un personaje de un programa infantil de televisión). Yo, a partir de ese momento quedé fascinado con ese lugar y fue esa misma noche que iniciamos un acuerdo implícito de mutua extorsión con mi santa madre, a la hora de concurrir a la iglesia para esas fechas. Como la misa sinceramente me había resultado algo bastante aburrido, quedamos en que yo la acompañaba a la iglesia si ella me llevaba a Sofía a la vez que ella me llevaba a Sofía si yo iba a la iglesia. Trato hecho. Durante los siguientes tres años consecutivos lo celebramos sistemáticamente.
Tal vez aporte algo a la historia, a manera anecdótica, aclarar que veinte años después terminé haciendo, por hobby, un curso de bartender en el que aprendí a hacer tragos igual de coloridos, pero nada recomendables para esos locos bajitos, que si los prueban, es difícil que se incorporen.(Por citar al bueno de Serrat).
Este acuerdo tácito, tan inocente como extorsivo, fue el preámbulo ideal para relatar el siguiente tramo de mi historia que podría definirlo como la auténtica farsa que resultó mi primera comunión.
Cumplida ya la primera década es cuando en uno comienza a manifestarse de manera algo más conciente esa aún ingenua, pero evidente, curiosidad por el sexo opuesto, curiosidad que muchos chicos suelen renegar, ante terceros, por una simple cuestión de vergüenza.
Yo me había hecho de una nueva amiga que vivía a mitad de cuadra, una guapita que me tenía algo cautivado, lo que no recuerdo bien es cómo era su nombre, María…algo, creo.
Una tarde me contó, emocionada, que en unos meses iba a tomar su primera comunión y festejar luego con su correspondiente fiesta. Suficiente motivo para que yo corra presuroso a tironearle la pollera a mi mamá. Mamá, mamá quiero tomar la comunión!! Ella, con buena predisposición hizo las averiguaciones pertinentes y luego me comunicó la desalentadora noticia, la cual me cayó como un balde de agua fría: Para tomar la comunión había que cursar dos años de catecismo.¿Dos años? Definitivamente no era viable. Primero, que por mucho, no me daba el tiempo para tomarla junto con mi vecinita, y segundo que si me hubiera dado el tiempo, la verdad es que no lo hubiera hechoal tener que pagar un costo tan alto por ello. Fue entonces cuando ocurrió el “milagro”. ¿Se trataría de uno de esos tan mencionados caminos misteriosos que utiliza el señor y que las personas gustan de aprovechar para justificar absolutamente cualquier cosa que ocurra? Lo que pasó puntualmente es que por esos días, cuando yo ya había dado todo por perdido, retornó al barrio un cura bastante respetado y querido por los vecinos. Él venía de haber trabajado durante unos años en un leprosario del norte del país. Aparentemente estaría más allá del bien y del mal en las cuestiones burocráticas, porque cuando a través de mi mamá, me citó para hablar conmigo, la conversación fue la siguiente:
-¿Por qué querés tomar la comunión?
Antes que empiece a decir cualquier cosa (como tenía planeado según el discurso oficial)
Me miró fijo y me dijo con tono bondadoso pero firme - La verdad.
- Porque mi vecina la va a tomar y yo también quiero.
- ¿Vos crees en Dios?
- Sí.
- ¿Sabés el padre nuestro?
- Sí.
- Bueno, vamos a hacer una cosa, vos estudiate el credo y el rosario que yo te confieso y te doy la comunión, quedate tranquilo que por este tipo “trampitas” dios no se enoja.
Alegría. Trato hecho otra vez. Al tiempo y sin mayor esfuerzo tomé la primera comunión con mi amiguita y luego celebramos una fiesta conjunta en mi casa. Toda una completa farsa religiosa. Aunque la ansiada relación no pasó de un único beso que llegó unos días después, al menos, mi objetivo estaba cumplido.
Algunos podrán ver hoy la actitud del cura como un hecho altruista, después de haber vivido tanta desgracia entre los enfermos de lepra, un arreglo como este sería un tema menor, sin embargo yo no dejo de verlo como una trampa, a cualquier precio, para reclutar inocentes criaturas. Por más que yo no haya sido tan inocente y haya sido partícipe, por la inutilidad del hecho, admito que no me arrepiento en lo más mínimo.
Ah un detalle que olvidaba, el nombre del cura era Padre Argentino. Cualquier suspicacia idiosincrásica que esto pueda llegar a despertar, la acepto sin problemas. Cura, argentino y tramposo. No hay mucho más que agregar.
Con el pseudo sacramento ya consumado, durante ese año y el siguiente hice un par de intentos de leer la biblia, pero estos resultaron infructuosos, no llegué ni a la mitad. En un comienzo por desinterés y luego porque este librito fue reemplazado automáticamente, ni bien cayó en mis manos, por una bendita causalidad, el Fundación de Isaac Asimov. En ese momento me di cuenta que prefería leer una ficción realista a una realidad ficticia. Inmediatamente, a los doce, mi mamá me compró el Cosmos de Carl Sagan, porque me había cautivado la serie televisiva. A partir de ahí mi cabeza empezó a funcionar de otra manera y paulatinamente, encontrando cada vez más sólidos fundamentos, la cuestión religiosa fue perdiendo argumentación y ya nunca más hubo retorno.
Me resulta relevante contar, porque no siempre fui un embustero, que unos años más tarde se me presentó la oportunidad de blanquear el tema y confirmar definitivamente mi irreligiosidad
¿Ante dios? Obviamente que no, necesitaba celebrar mi propia auto excomunión Durante la instrucción del servicio militar obligatorio, quienes la hayan hecho sabrán lo duro que resultan los primeros meses, tanto en lo físico como en lo psicológico. En esta etapa nos daban la posibilidad de tomar el sacramento de confirmación y como resultaba lógico la mayoría de mis compañeros, sean éstos creyentes o no, asistían sin dudarlo al curso previo, ya que esto representaba una manera justificada de evadirse unas cuantas horas a la semana de los ejercicios forzados, insultos gratuitos o trabajos desagradables. Ahí, luego de pensarlo un instante, fue que dije no. Basta de mentiras, y al no asistir creo que saldé una cuenta que me debía a mí mismo.
Y así es como se acaba el cuento de mi historia espiritual, definitivamente una experiencia entre religiosa y graciosa.
Lo único que me resta decir, que me parece realmente importante es que le estoy muy agradecido a mis padres, sobre todo a mi mamá (o santa madre como a veces la llamo) porque siempre, pero más que nada cuando era chico, que es la edad más vulnerable, respetaron mi postura y me dieron la libertad de elegir pensar lo que yo quiera, sin intentar siquiera inculcarme alguna ideología a la fuerza. Esto, al ver alrededor experiencias ajenas, para mí es de un valor incalculable.

Saludos!!


Foto: evidencia gráfica de un servidor en plena farsa

Juan Carlos

sábado, 3 de octubre de 2009

Los Primeros Destellos en la vida de un Bright. Una Historia Personal. Parte I -Juan Carlos Alonso-


"...y al fin supo del aullido, y del último estallido mi abuelo supo el amor."

-Silvio Rodríguez-

El Día que Jesús me rompió el alma


Siempre que surge la oportunidad, en una conversación entre gente que no cree en la existencia de ningún dios, se suele hacer el chiste de preguntarle al otro si es ateo cristiano, ateo judío o qué tipo de ateo es, ya que lo más común en las generaciones actuales es que las personas tengan algún tipo de ascendencia religiosa.
Como no me gusta demasiado el término ateo, ya que prefiero definirme por lo que soy y no por lo que me diferencio de una mayoría determinada, podria decir en este caso, para responder al chiste, que soy un bright católico.
Es claro que la infancia es una etapa crucial, teniendo en cuenta que es en la que un ser humano recibe constantemente grandes cantidades de información para su formación, la cual puede inferir de manera significativa en su futura madurez.
Estando yo actualmente en una de esas etapas ocasionales de la vida en que uno va haciendo, a modo de inventario, algunos borradores y revisiones de lo hecho hasta el momento, al mirar hacia atrás y traer, a través del recuerdo, mi infancia al presente, me parece oportuno relatar algunas anécdotas puntuales de mi interacción con la cuestión religiosa, ya que éstas son las que fueron definiendo y despejando el camino que condujo a mi actual postura en este aspecto el pensamiento.
Me parece prudente, antes de comenzar con el relato, aclarar que soy conciente que nuestro cerebro cuando aplica la función recuerdos, al procesar la información y encontrase con un espacio en blanco, automáticamente lo rellena con algún dato que se inventa de manera inconciente, dándole así un sentido redondeado la historia que se está recordando. Sin embargo, también soy conciente que cuento con una buena memoria de largo plazo, y sobre todo para recordar los hechos que me resultan graciosos o divertidos. A veces mis amigos se fastidian cuando repito las historias, pero como muchos, es el mecanismo que tengo para mantenerlas vigentes sin alterar su veracidad. Suelo captar con facilidad cuando alguien recuerda una vieja anécdota común, al narrarla, como a veces la exagera un poco o le hace agregados, o incluso a veces se invierten los protagonistas de un hecho, para que ésta resulte más significativa.
Así es que pueden quedar tranquilos que esta historia, como afortunadamente se esta usando hoy en día, cada vez más en las películas o novelas, y resultando un buen indicador de necesidades, lleva la etiqueta de “basada en hechos reales”.
La voy a dividir en dos publicaciones., comienzo con la primera que es la del día que Jesús me rompió el alma:
Recuerdo muy nítidamente que cuando aún era un enano, cada vez que me mandaba alguna travesura (no eran tantas ni tampoco tan pocas) mi abuelo me decía frunciendo el ceño con tono algo amenazante: Te voy a romper el alma!!
Mi abuelo era un hombre de ex profesión policía, contaba con lo que se dice un carácter fuerte y en ciertas ocasiones mostraba tener pocas pulgas, pudiéndoselo encasillar en su descripción como un tipo malhumorado. Sin embargo, era de esas personas que te demuestran su cariño sin necesidad de recurrir demasiado a las palabras, se remiten a los hechos que, a mí entender, es lo que más importa. Esta forma de querencia, más allá que muchos piensen lo contrario, me parece de lo mejor porque hace que un chico se vaya formando sin ser tan dependiente. Durante los escasos diez años que conviví con él me hizo sentir muy querido y viceversa, pudiendo hoy reconocer que llevo parte de su legado, tanto en algunas características genéticas como también en otras culturales, como es natural.
Ahora es cuando debo aclarar que jamás llevó a cabo su amenaza…
¿O si?

Cada vez que yo escuchaba la metáfora “te voy a romper el alma” obviamente lo primero que imaginaba, era que se venía una literal patada en el culo o un coscorrón (cosa que nunca ocurría) era un niño de 5 ó 6 años pero no un idiota.
Un buen día, en mi habitación, mientras cumplía una de esas penitencias impuestas, que antes estaban tan a la moda, estas del tipo “no mirar la televisión” o “no salir a jugar”, en mi cabeza empezó a reverberar esa palabra...alma. y como es lógico comencé a hacerme, lo que se puede llegar a reconocer ahora, como las primera preguntas existenciales. Debo reconocer que en esos días mi curiosidad pasaba por saber el lugar donde se encontraba ubicada, mucho más que lo que significaba el término en sí. Me parece que ya lo conté en un post anterior (esto demuestra que soy consecuente con mi aclaración de repetir las historias je je,ustedes disculpen). No me pregunten por qué, pero yo deduje en ese momento que el alma se encontraba en la panza. Al tratar de despejar dudas, consultando con adultos este tema, me encontraba con ese mismo tipo de evasivas como las que un chico se solía topar antes, ante la clásica pregunta ¿de donde vienen los chicos? O bien, si no eran evasivas, uno obtenía respuestas insatisfactorias. El equivalente al repollo o la cigüeña a mi duda sobre el alma solía ser: “Es algo que está adentro tuyo y es lo que te hace bueno” ¿Bueno? Si justamente estaba empezando a pensar en el alma porque me había portado mal. Demasiada contradicción para un chico de tan corta edad. Decidí entonces mantener mi teoría intuitiva de que esta cosa que nunca tuve en claro exactamente qué era, se alojaba en la panza y ya.
No pasó mucho tiempo hasta que el tema volvió a instalarse en mi cabeza. Fue otro buen día cualquiera, el que en la escuela la maestra dijo: Saquen el cuaderno y el manual que hoy vamos a estudiar el aparato digestivo…
¡Zaz! ¿Todo eso tenemos adentro de la panza? Entre intestino grueso, intestino delgado, duodeno, estómago, colon transverso, etc. Me di cuenta que si el alma residía en ese ámbito, debería tratarse de algo bastante más retorcido de lo que pensaba, así que luego de un tiempo de digerir la idea, y utilizando el camino más recto, sencillamente la evacué. Fue a partir de ese momento en que me transformé en un niño, aún creyente, pero desalmado.
Unos pocos años después fallecía mi abuelo, al cual le voy a estar agradecido mientras viva, el haberme instalado, aunque sea sin querer, mediante una simple frase, semejante interrogante.
Este fue uno de los primeros interrogantes que recuerdo, en los que aparecieron signos prematuros de desconfianza hacia el tema religioso. O sea, por esos años creía en dios que estaba en el cielo como me contaban, el cielo resultaba algo inalcanzable como para comprobarlo, incluso tenía el hábito de rezar cada noche, pero no podía aceptar de ninguna manera que me digan que yo tenía algo adentro, que encima, nadie me sabía explicar concretamente qué era. Yo tenía la certeza que no lo sentía o sea que me deshice de esta idea. Luego, con el tiempo lógicamente fui madurando dicha idea a través de los hechos y la reflexíón.
Ah por cierto, si a alguien le despierta curiosidad, el nombre de mi abuelo era Jesús y tal como empecé, puedo concluir diciendo que fue quien, en principio, me rompió el alma.

Continuará la historia en el próximo post con: Una experiencia religiograciosa
Saludos!!
foto: Un desalmado servidor


Juan Carlos